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Se libró de la muerte

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Después de cumplir los cincuenta años de edad, cierto hombre se dirigía desesperanzado a uno de los puentes de la ciudad con la intención de quitarse la vida.  Pero inesperadamente, mientras avanzaba turbado por su angustia, tropezó con una niñita en cuyo rostro, bañado por las lágrimas, se dibujaba el drama del hambre y la miseria. 

El hombre no pudo dejar de simpatizar con ese cuadro de dolor.  Penetró en la humilde casa de la niña, y allí encontró a su desconsolada madre que estaba siendo consumida por la fiebre.  Rápidamente fue en busca de remedios y alimentos para esos dos seres desvalidos.

Cuando el buen hombre terminó de cumplir su noble acción, se preguntó un tanto confundido: “¿Hacía donde iba yo? ¿Por qué pase por este lugar?” ¡Increíble!  El que iba en camino del suicidio ahora ni recordaba su intención suicida.

Haber ayudado a su prójimo necesitado cambió totalmente el curso de sus pensamientos.  Al regresar a su casa, sintió que todavía valía la pena vivir.

Cuando por causa de los contratiempos que nos toca soportar sentimos  que la vida comienza a perder su encanto, es bueno recordar el valor de dar antes que recibir.  Cuando el suicida del relato se ocupó en el bien ajeno, olvidándose de sí mismo, entonces comenzó realmente a vivir.  Es también olvidándonos un poco de nosotros mismos, de nuestros problemas y necesidades, para tender una mano de ayuda al hermano, como disminuyen nuestras propias angustias y desventuras.

Cuando salimos de nuestra natural egoísmo y recordamos que cada prójimo es un hermano a quien debemos amar, la vida cambia de tal suerte que huyen las penas del corazón.  La misma siquiatría moderna, y desde mucho antes la religión de Cristo, señalan el amor en acción como el mejor camino para prevenir y aun para curar muchos de los males de la mente humana.  Desde que Jesús declaró: “He venido para servir, y no para ser servido”, la misión de cada cristiano en la tierra, ¿no consiste en brindarse alegremente a los demás?

Quien no cumpla esta ley espiritual de la vida, pasará por el mundo sin iluminar ni alegrar a nadie.  Perdido dentro de, sí mismo, no tendrá la dicha de salvar ningún corazón.  ¿Cómo es usted? ¿Piensa en el bien ajeno? ¿Se goza compartiendo la riqueza de su amor?

Será bueno recordar que nadie puede dar lo que no tiene.  Solo podemos ofrecer un amor desinteresado al prójimo cuando previamente recibimos el amor que Dios derrama en nuestros corazones mediante su espíritu (Romanos 5:5).

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