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Por fín sonó la campana...

    campanario 

Cuenta una leyenda que el rey de un lejano país siempre vivió triste, y murió triste.  Así que cuando su hijo lo sucedió en el trono se propuso hacer cuanto estuviera de su parte para ser un rey feliz.  Para ello, mandó instalar una campana de plata en la torre más alta de su palacio.

Y mediante un reluciente alambre, la campana estaría comunicada con todas las habitaciones del palacio, para que el rey la hiciera zona toda vez que él se sintiera feliz.

     Los años fueron pasando, y la campana nunca sonó para anunciar la dicha del rey.  Los cabellos del monarca se volvieron de plata y comenzó a envejecer.  Nunca hasta entonces había conocido un solo día feliz.  Cuando llegó la hora de su muerte, todo el pueblo rodeó el palacio para llorar la partida de su amado rey.  “¿Qué sonido es este que escucho?” preguntó el agonizante monarca.  Y su fiel camarero le respondió: “Es nuestro pueblo que solloza porque se muere su rey”.  Entonces, sintiéndose tan querido por todo el pueblo, el monarca alargó lentamente su mano hacia aquella reluciente cadena, e hizo sonar la vieja campana de plata para anunciar la dicha de sentirse querido por todo su pueblo.

     En medio de sus luchas y trabajos, el rey de la leyenda no había conocido una sola hora de alegría.  Solo cuando se sintió amado fue profundamente feliz.

La leyenda encierra su moraleja.  ¡Cuántas veces vamos equivocadamente tras el placer o de la prosperidad material, pensando que desde allí haremos sonar la campana de la dicha! Pero la felicidad no está allí.

     La auténtica alegría de la vida no se consigue con dinero, con renombre o con cualquier otra ventaja exterior.  Solo en los dominios del corazón puede nacer y crecer la verdadera felicidad.  El corazón la engendra cuando está cargado de amor.  Mientras el egoísmo, el odio y la frialdad producen ruina y desgracia, el amor genuino es fuente de dicha y de paz.

     ¿Tiene usted el amor de su familia? ¿Acepta usted el amor de Dios en su corazón? Entonces bien puede hacer sonar en su vida la campana de la felicidad.  Porque quien tiene amor, lo tiene todo: Y no solo para sí mismo, sino también para compartir.  ¿No nos ocuparemos un poco más en llenar nuestra vida de amor fraternal, abnegado y servicial, dentro y fuera del hogar? Pero, ¿Dónde se encuentra la fuente del amor superior, sino en Dios?

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